Danzan en el teclado sus más finas extremidades dando cortejo a los arpegios de esa noche, componiendo mientras interpreta, hechizando con melódico conjuro susurrando seductores y bellos demonios.
Aun sin tocar gobierna cualquier estado sin darse cuenta. Le pertenecemos y deseamos ciegamente con la cálida y ferviente pasión del infierno volcánico. Sus curvas, de imposible silueta ahogadas en terciopelo tostado y suave seda plateada, ameritan precipitadas emanaciones de humo que empañan mis penas y alientan al dragón de mis entrañas.
Dejaré esta noche danzar sus manos sobre mi lecho y que sus labios canten mi cuerpo. Me desata de modos inesperados que ante las manos cadenas me arrodillo al pecado, anhelando impaciente la siguiente estampida del trance malhabido que en recuerdos y sin aliento se ausenta.


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